Ciudad de Guatemala, 31 ago (AGN).- Caminar por sus pasillos es también caminar por el tiempo. Cada sala guarda rostros, objetos y escenas que permiten reconstruir momentos que marcaron la historia de Guatemala, pero antes de llegar a sus colecciones hay una historia que comienza en sus propios muros.
Ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala, el Museo Nacional de Historia no solo resguarda piezas del pasado: el edificio que lo alberga también forma parte del patrimonio que cuenta la historia del país. Entre hierro, cristal, mármol y detalles arquitectónicos de distintas procedencias, sus espacios se convierten en la primera pieza que recibe a quienes buscan encontrarse con la memoria de Guatemala.
Una historia que comenzó mucho antes
Antes de ocupar su actual sede, el Museo Nacional de Historia tuvo un largo recorrido. La historia de los museos en Guatemala se remonta a 1796, cuando abrió sus puertas el llamado Gabinete de Historia Natural, instalado en el Real Palacio.
Décadas después, en 1866, nació formalmente el Museo Nacional de Guatemala, aunque su existencia estuvo marcada por distintos traslados y transformaciones. Terremotos, cambios institucionales y nuevas concepciones museológicas hicieron que sus colecciones ocuparan diferentes espacios a lo largo de los años.
En 1975, el antiguo Museo Nacional de Historia y Bellas Artes se dividió para dar paso al Museo Nacional de Historia y al Museo Nacional de Arte Moderno.
El Museo Nacional de Historia continuó buscando un espacio propio hasta que, en 1981, recibió el edificio que anteriormente había pertenecido al Registro de la Propiedad Inmueble.
Una joya arquitectónica
Pero antes de cruzar sus puertas, hay una historia que comienza con la propia arquitectura.
El inmueble fue construido entre el 15 de septiembre de 1894 y el 15 de septiembre de 1896, durante el gobierno de José María Reyna Barrios, para conmemorar los 75 años de la Independencia del antiguo Reino de Guatemala.
La obra estuvo a cargo del arquitecto español José de Bustamante y combinó elementos arquitectónicos del Renacimiento francés e italiano con materiales y técnicas novedosas para aquella época, como el hierro y el cristal.
Su construcción también fue un encuentro de culturas: participaron especialistas de España, Francia, Italia, México y Estados Unidos, mientras la mano de obra guatemalteca dejó su propia huella en el inmueble.
El edificio, además, sobrevivió a los terremotos de 1976. Debido a los daños ocasionados, en 1984 comenzó un proceso de restauración que se extendió durante 18 años y culminó en 2002.
Actualmente está catalogado como Monumento Nacional categoría A.
Cuando las piezas hablan
Dentro de sus salas, el visitante emprende un recorrido cronológico por la historia de Guatemala.
A diferencia de los museos que cuentan el pasado únicamente mediante reproducciones, aquí buena parte de la experiencia está en encontrarse con objetos originales: pinturas, mobiliario, piezas de utilería, documentos, retratos y artículos vinculados con distintos momentos de la vida nacional.
El recorrido comienza con la llegada de los españoles y el proceso de occidentalización de 1524. Desde allí, las salas conducen al visitante por la organización del Reino de Guatemala, la Independencia, la consolidación del Estado y la República, hasta llegar a procesos como las revoluciones de 1871 y 1944.
Cada objeto funciona como una pequeña puerta hacia otra época.
Un rostro, un mueble, una pintura o un objeto cotidiano permiten acercarse no solamente a los grandes acontecimientos, sino también a la vida de quienes formaron parte de ellos.
Guatemala dentro del mundo
La historia que cuentan sus salas tampoco está aislada.
Entre las colecciones aparecen objetos elaborados en Guatemala y otros provenientes de diferentes partes del mundo. Una combinación que permite comprender que el país ha estado conectado con otras sociedades, culturas y procesos internacionales a lo largo de su historia.
Por eso, recorrer el museo no significa únicamente mirar hacia el pasado. También permite entender cómo Guatemala llegó a convertirse en el país que conocemos hoy.
Una pieza más grande que todas
Y aunque sus salas están llenas de objetos con historias propias, existe una pieza que puede pasar inadvertida si el visitante no levanta la mirada: el edificio.
Su fachada, sus rejas, sus materiales, sus detalles arquitectónicos y la gran cúpula de hierro y cristal forman parte de una historia que comenzó hace más de 130 años.
Por eso, para quienes llegan al Museo Nacional de Historia, el recorrido comienza incluso antes de entrar.
Primero está el edificio. Después, las colecciones. Y finalmente, la historia que cada visitante se lleva consigo.
El Museo Nacional de Historia es administrado por el Ministerio de Cultura y Deportes y permanece como un espacio abierto para niños, estudiantes, profesionales, investigadores y visitantes nacionales y extranjeros.
Porque hay lugares donde la historia se estudia.
Y hay otros donde la historia todavía parece estar viva.
En el Museo Nacional de Historia, ambas cosas ocurren bajo el mismo techo.
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