Ciudad de Guatemala, 30 nov (AGN).- Calles coloridas, olor a corozo y una devoción palpable se reviven cada año con una tradición que desde el 30 de noviembre de 2022 forma parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, la Semana Santa.
En esa fecha, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) incluyó a la Semana Santa en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, por su arraigo cultural y su sincretismo que fusiona tradiciones prehispánicas mayas y el catolicismo español.
En 2008, Guatemala declaró la Semana Santa como Patrimonio Cultural Intangible de la Nación a través del Acuerdo Ministerial 560-2008, reconociendo su valor como tradición anual de fervor religioso y signo de identidad nacional.
Esta celebración es uno de los acontecimientos más emblemáticos que reúne a miles de turistas nacionales y extranjeros en varios puntos del país, principalmente la Ciudad Capital y La Antigua Guatemala.
La Semana Santa se caracteriza por su diversidad de actividades que reúnen a feligreses, vecinos, artesanos, músicos y autoridades que participan en los 40 días de la Cuaresma.
Con procesiones, vigilias, marchas fúnebres, gastronomía de temporada y creación de tapices de flores y altares; la Semana Mayor se consolida como una celebración religiosa y cultural que conmemora la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
La Semana Santa en Guatemala
La Semana Mayor es una tradición arraigada cuyos orígenes se remontan al siglo XVI, cuando las primeras manifestaciones se realizaban en la ciudad de Santiago de Guatemala, hoy conocida como Antigua Guatemala.
En ese entonces el propósito de las procesiones era evangelizar a través del impacto visual de las imágenes y la solemnidad de los cortejos.
En esa época, las andas eran estructuras pequeñas, cargadas por grupos reducidos y adornadas únicamente con flores y cirios. Estas procesiones tenían un carácter penitencial, razón por la cual los cargadores cubrían sus rostros, dando origen al traje de cucurucho.
Tras los terremotos de 1773 y el traslado de la capital al Valle de la Ermita en 1776, las prácticas y expresiones religiosas se movieron a la nueva ciudad capital, manteniéndose vivas en ambos territorios.
Con el paso de los siglos, especialmente durante el siglo XX, las procesiones evolucionaron hasta convertirse en los impresionantes cortejos que hoy caracterizan esta celebración.
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